Sabor de primavera
domingo, 29 de abril de 2007
Apenas cuatro generaciones nos separan del hambre. Hasta hace nada endémica entre los jornaleros de la España latifundista.
Apenas cuatro generaciones nos separan del hambre. Hasta hace nada endémica entre los jornaleros de la España latifundista.
Es casi imposible encontrar una buena leche frita en un restaurante. Desde luego en el Sur de España uno o ninguno; en los del Norte, que cuidan más, mucho más, los postres tampoco he tenido la suerte de encontrármelo, salvo una vez en Asturias.
Han sido tantos los malos ratos que he pasado con un tarugo chicloso al que alguien ha bautizado como leche frita que ya no me atrevo a pedirla en ninguna parte.
Debe ser como las buenas croquetas, un poco crujiente por fuera y blandito y dulce por dentro; nadie debería excederse con el tamaño, en porciones pequeñas es mucho más deseable que grandes como ladrillos de serrín.
La gente que pide al final de la comida leche frita me cae muy bien, así se identifica un buen dulcero, no uno de esos postreros vergonzantes que piden "Tiramisú" pensando que me van a engañar. El tiramisú no es ni café, ni queso, ni chocolate, ni licor ni ná ni ná porque todo eso junto no supera uno sólo de esos ingredientes si es bueno. Un engendro para los que no se atreven a acabar una comida pidiendo un café (ya sé que me haré enemigos).
Tengo una receta riquísima de leche frita, porque mi madre ha sido y será la mejor hacedora de croquetas del mundo mundial, aunque ese sea un título que disputan todos los hijos para sus madres respectivas. Pero en mi caso es de verdad de la buena.
Receta:
En un cazo de ponen a hervir tres cuartos de litro de leche, con unas mond
as de limón y una rama de canela, si, como en mi caso, no se dispone de canela se le echa un poquito de la molida. Una vez que hierve, se cuela y se endulza a gusto del consumidor, unas cinco cucharadas soperas de azúcar es lo que yo suelo estimar conveniente. Se deja enfriar un poco mientras se tuesta la harina.
En una ollita se derriten unos 50 grms de mantequilla sobre una cucharada de aceite, 120 grms de harina fina de repostería y se tuesta un poquito, que no se queme. Una vez ha tomado color se añade poco a poco la leche removiendo bien hasta que la consistencia sea pastosita, pero no engrudosa ( en esto la experiencia es muy importante), unos cinco minutos se tarda. Por último se bate un huevo y se remueve fuerte fuerte para que mezcle bien, ya con el fuego apagado. El huevo pone la masa muy suave.
Se vuelca sobre un molde bajo y ancho para que enfríe, y una vez que se le ha pasado el calor y ya no echa humo se deja en la nevera a que endurezca. Es mejor envolverlas al día siguiente para que la masa sea más manejable porque deben haber quedado un poquito blanditas, no mucho, pero sí la parte de arriba más durita y la de abajo pegajosa y suave.

Se rebozan como las croquetas. La forma que se les suele dar es cuadrada, pero a mí me gusta en bolitas redondas, que parezcan trufas amarillas. Primero se pasan por huevo y luego por pan rallado. Una vez que se fríen, se les da un toque en un platito de azúcar mezclado con canela y se sirven sobre esas envueltas de papel oscuro, las de bombones y trufas.
Se ofrecen en pequeñas cantidades que nadie pueda hartarse. La leche frita debe ser por siempre deseada.
Hasta 1910 las mujeres no podían acceder a la Universidad en España. Parece que ahora somos nosotras las que consumimos más libros, y empleo el verbo consumir a propósito, porque esto de la industria editorial es más de lo mismo.
En la foto de arriba hay tres generaciones de recetarios escritos por mujeres de mi familia, improvisados, a veces manchados, en la misma cocina donde se escribían.
Lo que sabían hacer no lo apuntaban, la cocina de batalla no está en ninguno de esos cuadernos, lo mejor de cada una de esas mujeres estaba en su cabeza y sus manos. Hoy les quiero rendir homenaje en esta humilde página digital porque no me olvido de ellas ni de lo que aprendí sin querer:
Improvisar con lo que hay
Los gestos inconscientes de tirar de las tripas al limpiar el pescado
La postura de los dedos cada vez que pico unos ajos
El conocimiento por el olor del punto de unas cebollas pochadas
El concentrado caldo gordo de un cocido
El increíble sentido que me hace ensalivar ante el pescado fresco y crudo
El placer de dar bien de comer y ver disfrutar a los que se sientan a mi mesa
El sentido del equilibrio en una dieta sana
La fruta
....Y tanto más que ni sé.
No se puede aprender tanto con un libro, aunque nunca sobran.
¡Feliz Sant Jordi¡
Versión en video pulsar
Están buenísimas, pongo mucho cariño en este plato tan humilde.
los tomates y se deja reducir la salsa. Se sala y se le agrega la hoja de albahaca (basilico) bien picada, aunque hay gente que prefiere echarle orégano. La salsa de tomate se puede dejar con todos los trozos o se tritura bien que quede como un puré espeso. En mi familia la prefieren de esta manera y yo, que soy complaciente, se la paso. El sabor de la albahaca debe ser muy suave porque si no tapa el aroma del jamón. Una vez volcado el tomate en la fuente de horno se distribuye bien para que lo cubra todo.
Aquí están algunos elementos de cocina que me ayudan y hacen agradable lo que guiso:
(Cierta dificultad aunque la receta es fácil para alguien que ya tenga experiencia en repostería).
Tengo un sueño recurrente y es que entro en un obrador de pastelería junto a la catedral de mi ciudad. Dormida puedo oler la fragancia de los bollos de leche (suizos) y brioches exquisitos que hay sobre el viejo mostrador de madera. Sé que esta imagen la he sacado del establecimiento que vende los pasteles de Belém en la esquina de la plaza de los Jerónimos de Lisboa, pero el olor de los "bollos de tres tetillas" eran los de la merienda especiales de mi infancia. Un día se lo comentaba a una de mis hermanas mayores y me dijo que efectivamente había un obrador así en la esquina del Convento de la Encarnación, y era donde compraban en casa, pero que lo tiraron siendo yo muy niña. La memoria olfativa actúa de forma extraña.
Es el caso que en mi ciudad la bollería está fatal, igual que el pan, la última confitería que merecía la pena ha cerrado hace poco, y yo sigo echando de menos esos sabores. Decidida a acabar con ese vacío tomé el libro de recetas de mi abuela y busqué las masas que fermentan. Hallé el roscón de Reyes de Tía Amparo, aunque no me convenció mucho. Mejor ver qué había escrito la Parabere. Hice una versión sincrética de ambas y...ahí renació el viejo aroma de los bollos sin polvitos.
Intentaré explicarla brevemente y con ilustraciones porque estas masas siempre tienen secretos que sólo se pueden descubrir con mucha paciencia.
20 grms de levadura prensada o levadura de panadero.
3 huevos
100 grms de mantequilla
500 grms de harina, mejor si es de fuerza, si no de repostería. Si la masa pide más porque se pega se echa más (la Parabere le echa menos pero las harinas actuales son mucho más finas que las que ella usaba hace más de 50 años).
125 grms de azúcar, aunque s epuede poner al gusto del consumidor.
un huevo para pintar los bollos y azúcar para echarle por encima.
un vaso de leche tibia (un cuarto).
En un bol mediano se pone un fondillo de leche tibia y la levadura prensada, se deshace y luego se echa un poco de harina hasta formar una bola, que no esté demasiado blanda pero no está mal que quede algo pegajosa, a mí me gusta más así porque luego mezcla mucho mejor. Se le hace una cruz a la bola y se introduce en un recipiente lleno de agua, calentita como 36 grados, y se espera hasta que flote y casi desaparezca la cruz (como se ve en la foto de abajo).
En otro bol más grande se mezclan el resto de los ingredientes: los huevos batidos con la mantequilla, lo que nos ha quedado de leche en el vaso y el azúcar; una vez fundidos todos se le añade algo de harina, pero que quede muy blandita para revolverlo bien con la bola de levadura.
Así quedan ambas masas antes:
Una vez las hemos mezclado le añadimos harina (lo que queda y lo que pida), amasándola mucho sobre la piedra. Para mi gusto la masa está perfecta cuando tiene consistencia pero lleva la querencia de adherirse ligeramente a las manos.
Se espolvorea el recipiente y la pasta y se tapa con un paño limpio (el bol). La levadura fermenta a 30 grados centígrados y nunca debe golpearse, por eso el mejor sitio para que fermente es el horno, poniéndolo a esa temperatura (siempre mejor menos que más). Y después de dejarlo allí hay que olvidar que existe, armarse con toda la paciencia y dejarlo un mínimo de tres horas, incluso puede estar más. Saber el momento justo es complicado, la experiencia es un valor, pero normalmente casi triplica su tamaño. Cuelgo dos fotos, una de antes y otra de después:

Una vez está como la imagen de la derecha, se amasa nuevamente estirándola y se forman bolas del tamaño de un huevo gordo; se ponen sobre la placa de horno, protegida con papel de estaño; se le pinta con un pincel con huevo batido(mejor si es de plástico el pincel que lava en la friegaplatos a alta temperatura), se le dan uno o varios pellizcos con las tijeras y se le echa azúcar por encima. Nuevamente al horno a treinta grados, a esperar que vuelvan a subir; por lo menos dos horas (nunca menos y mejor más) entonces tienen el punto perfecto, se sube la temperatura del horno a 150 grados y se espera de quince a veinte minutos (siempre menos). Ese es el momento perfecto para consumirlos, aunque al día siguiente también están bien.
Pueden congelarse una vez horneado y calentarlo brevemente en microondas, pero se deben consumir enseguida porque si no se endurecen. También se congela la masa cruda después de haberse levantado por segunda vez, pero es una operación que requiere un molde especial para que no se "toquen" y hagan "plof"; en este segundo caso el bollo cuando se hornea sigue estando exquisito.
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