Rejas invisibles

(Vanessa Bell, retrato de Virginia Woolf)


«(…) y un exquisito aroma a olivas, aceite y salsa salió de la gran olla marrón cuando Marthe, con un gesto levemente teatral, alzó la tapa. La cocinera se había pasado tres días confeccionando aquel plato. Y ella tendría que esmerarse, pensó la señora Ramsay, zambulléndose en aquella tierna masa, y elegir una tajada especialmente jugosa para Williams Bankes. Examinó el interior de la olla, con sus paredes resplandecientes y la confusión de suculentas carnes doradas, hojas de laurel y vino, y pensó.»
Al Faro. Virginia Wollf.

Mi lectura de la Wollf es recurrente como las olas. Me gusta creer que comparto con ella esa tendencia a la introspección, la reconstrucción figurada del mundo real, el análisis de las personas que conozco; ya sé que es soberbia por mi parte semejante comparación.
Esa «rumia» constante sobre lo que nos rodea, las conversaciones, la gente, forma parte de un universo que sí reconozco como femenino. A veces ese»cuarto propio«, es nuestro propio cerebro, quizá porque nunca tuvimos nuestro espacio o porque el único lugar propio fue la cocina.
Vienen a visitarme antiguas alumnas, me cuentan sus vidas actuales y me consultan sus peripecias sentimentales como cuando eran adolescentes. Me produce una íntima alegría comprobar que hay algo de aquel afecto antiguo que sigue intacto, y me deja un regusto amargo ver cuán hondas son las raíces de la sumisión entre las mujeres de mi tierra, incluso de las más jóvenes. Hay un sólido entramado emocional que ata fuertemente la libertad de estas chicas y se encuentra en sus obsesiones sentimentales, en sus necesidades afectivas y no se cura con leyes sobre igualdad, ni cuotas, aunque no vengan mal.
Seguramente existen aún muchas rejas invisibles que tardaremos años en abrir.

2 thoughts on “Rejas invisibles

  1. Tendrías que hacer algo auténticamente femenino y revelador. Virginia no quería saber nada (y seguramente no sabía nada) de «la mujer relegada a la cocina», tantas madres y abuelas mediterráneas (¡y sajonas!) esclavizadas y oliendo a aceite o a mantequilla. Deberías escribir una «Cocina de Bloomsbury» desde el Guadalquivir, con potajes Dora Carrington o ensaladas Vanessa Bell. Quitarle el luto a los estofados, pesadez a los potajes, alegría falsa a los gazpachos.Se me ha ido la olla, pero os poneis a hablar de la pobre Virginia Woolf cualquier tarde y, ya ves, me vuelvo loco.Besos.

  2. Ella se sentía incapaz hasta de controlar al servicio…🙂Pobre Dora Carrington con un potaje.Lo más parecido que hay por aquí a Bloomsbury sería la Alameda que está poniéndose modernita.Una lasaña a la Hoggart, naturalmente debe llevar brécol, y un punto de comino la bechamel, por aquello del sur.😉muy divertido tu comentario.

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